
En mi larga experiencia en recursos humanos muchas veces pensé cuántos riesgos enfrentan los ejecutivos de las empresas multinacionales, cuando su adrenalina baja y sube al ritmo de las acciones y ventas, cuando emprenden viajes con el azar de la vida en las maletas. Pero la muerte de un directivo no se piensa, no se reflexiona. De eso se encargan los familiares y los amigos.
Conocí a Luiz en un Máster en 1998, en Michigan –Estados Unidos-, y con el carisma que identifica a los brasileros siempre supo ganarse la estima de quienes lo conocían. Su inteligencia increíble, su capacidad de trabajo envidiable y su empática personalidad fueron claves para ganarse la confianza de la mesa directiva de la empresa para la que hacía mucho tiempo trabajaba; finalmente fue ascendido a Presidente para América Latina del fabricante francés de neumáticos: Michelin.
No me sorprendió, tampoco, que a menos de un mes de su ascenso tuviera impaciencia por conocer a sus nuevos colegas, motivo del viaje y también de su tragedia. No podía trabajar a la par de quien no podía estrechar sus manos. Debía siempre tener ese contacto físico, signo de compañerismo, para hacer frente común a los desafíos de su trabajo.
¿Por qué tuvo que tomar ese vuelo? Ya no importa. Dejó de ser el “empleado altamente calificado, talentoso y con responsabilidades”, para convertirse en esa persona sencilla, humilde, amada por su familia, entrañable para sus amigos, querida por sus conocidos.
Quedan estas pocas y sentidas palabras en la memoria de quienes compartimos gratos momentos contigo.
Alejandra Brandolini.
Presidente AB comunicaciones
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